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Malezas comestibles, en el patio de casa

Un grupo de biólogos del laboratorio Ecotono, de la Universidad Nacional del Comahue, detectó que en el área de Bariloche existe una gran cantidad de "yuyos" comestibles, con altos valores nutricionales. Pese a su escaso uso en la actualidad, sirvieron como sustento alimenticio desde los orígenes mismos de la humanidad.

Eduardo Rapoport es un investigador reconocido internacionalmente por sus contribuciones en el campo de la ecología. Ha dedicado una buena parte de su vida científica al estudio de las especies invasoras; y desde hace doce años se ha consagrado enteramente a la investigación de las malezas comestibles en la zona de Bariloche.
Preocupado por la incontrolable invasión de especies vegetales exóticas – no autóctonas-, el científico puso en práctica un popular dicho inglés: "If you can´t beat them, eat them", si no puedes vencerlas, cómelas. Como resultado de sus trabajos puso en evidencia que sobre un total de 300 plantas invasoras contabilizadas en el área, 100 de ellas son comestibles.
Desde el laboratorio Ecotono, dependiente de la Universidad Nacional del Comahue, el doctor Rapoport impulsó un completo estudio sobre la distribución y cantidad de malezas alimenticias. A partir de un número amplio de muestras seleccionadas al azar en baldíos, veredas, rutas y campos del área barilochense, el grupo de investigadores de Ecotono determinó que existen, en promedio, 1300 kilos de plantas comestibles por hectárea. En algunas zonas, la cifra alcanza las siete toneladas por hectárea, "un buen campo de producción, y gratis, porque no hay que cultivar, ni regar, no hace falta sembrar ni fertilizar", comenta el especialista.
El interés de Rapoport es compartido por científicos de todo el mundo. En una investigación realizada sobre las 18 peores malezas que existen en el planeta, las que resultan más agresivas y difíciles de controlar, se concluyó que 16 de ellas son comestibles. "Cuanto más agresiva es la maleza, más comestible es. Es algo sorprendente", manifiesta.

Una ayuda ante la crisis

El ecólogo local ha iniciado una intensa tarea de divulgación en colegios, iglesias, comedores y barrios carenciados de la ciudad para lo cual ha editado una serie de pequeños libros ilustrados donde se detalla cómo identificar cada planta, cómo sacar provecho de cada una de sus partes e incluso se sugiere cómo consumirla.
Junto a su esposa Bárbara, que colabora en su trabajo, y la investigadora Ana Ladio, realizaron una gira –subsidiada por las fundaciones Antorchas y Normatil- por las escuelas de Chubut, desde Esquel hasta Trelew y Puerto Madryn con el propósito de difundir sus hallazgos entre los docentes, para que ellos actúen como multiplicadores de estos novedosos conocimientos. "La gira fue un éxito rotundo, la gente quedó deslumbrada -menciona Rapoport-, hubo tanta concurrencia que muchos quedaron fuera del aula porque no entraban".
Su intención también es la de promover emprendimientos familiares para que sirva como sustento económico: "Las flores de saúco se pueden usar para hacer champagne, otras flores para hacer refrescos", propone.
Fiel a su trabajo de divulgador, el célebre biólogo ha dado charlas a chefs locales, quienes ya han empezado a utilizar los "yuyos" comestibles en los restaurantes de la ciudad, atraídos por lo exótico que suena, por ejemplo, un plato de cordero al vinagrillo.

"Somos reaccionarios"

Lo que hoy conocemos como "malezas" o calificamos despectivamente como "yuyos", fueron una importante fuente alimenticia desde el Paleolítico. Dos momias encontradas en turberas en Dinamarca en muy buen estado de conservación –datadas de la Edad de Hierro- arrojaron valiosa información sobre sus hábitos alimenticios: en sus estómagos encontraron restos de 66 especies de plantas.
En su momento, el centeno, la avena, la acelga y la achicoria fueron consideradas malezas hasta que el hombre aprendió cómo aprovecharlas. A los europeos les llevó siglos descartar la idea de que la papa era venenosa.
Según datos científicos, en el mundo existen más de 13.000 especies vegetales comestibles. "Nosotros nos arreglamos con alrededor de 100. Somos reaccionarios –afirma Rapoport-, nos negamos a probar nuevos gustos, la gente no se atreve. Los mangos se pudren en las verdulerías de Bariloche porque nadie los compra", agrega.
Este biólogo septuagenario, galardonado, entre otros, con el premio Bunge y Born en Ciencias Ambientales, por la Academia de Ciencia del Tercer Mundo y elegido Ciudadano Ilustre por el Concejo Municipal de la Ciudad de Bariloche, dejó todos los temas de investigación en los que trabajaba para entregarse por completo al estudio de las plantas silvestres comestibles: "Es el tema más nutritivo que he elegido en mi vida", concluye con una sonrisa.
 
Autor: Ana Pedrazzini
Fotos: Syngenta y Eduardo Sanz
 


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