Un Espejo Oculto
”Exhaustos, con la boca reseca y el cuerpo transpirado. Dimos el último paso y allí estábamos, parados cara a cara con la naturaleza. Las montañas, la nieve y ella, fría y oscura como siempre. Todo es tan igual pero tan diferente. Solos otra vez. En segundos, las caras de cansancio se transformaron en muecas de felicidad. Era el indicio más claro de que habíamos llegado…”.
Laguna Negra es uno de los tantos pasos obligados para los turistas aventureros que visiten San Carlos de Bariloche. También, es una buena opción para aquellos residentes que buscan alejarse de la rutina. Son aproximadamente cinco horas de extensa caminata pero bien vale el sacrificio. Un espejo de agua oscura envuelto en cerros nevados a 1650 metros de altura es la gran recompensa para tan largo viaje. Es una sensación tan placentera que resulta difícil de describir.
Claro que, antes de iniciar la aventura, es vital tomar recomendaciones básicas, más si es por primera vez. Un calzado cómodo y ropa liviana, son dos de elementos indispensables para comenzar el viaje. Una mochila con abrigo en caso de pernoctar también. Por otra parte, consultar con el Club Andino o con la Secretaria de Turismo sobre las condiciones del sendero nunca está de más. Las sorpresas pueden hallarse al borde del camino.
El recorrido hacia “la negra” se inicia desde Colonia Suiza, donde se llega a la senda que nace a unos 300 metros al este del puente de la Ruta Provincial Nº 79, sobre el Arroyo Goye. Es muy fácil llegar y además está bien señalizada. Desde el centro de la ciudad basta con tomarse un colectivo de línea, el número 10.
A partir de ahí, a respirar profundo y juntar coraje, hay 14 kilómetros todavía por delante.
Pese a la facilidad de la parte inicial, es importante destacar que todo resulta más complicado justamente cuando falta menos para llegar. Los primeros kilómetros apenas si revisten ascensos moderados pero en el tramo final, un empinado caracol hacia la laguna termina de agotar las pocas energías que a esa altura quedan en el cuerpo. El ya mencionado arroyo Goye es nuestro fiel aliado en gran parte del viaje y permanece siempre a la derecha de la senda.
Con su sonido de fondo, el camino atraviesa un valle donde Alerces y Cipreses marcan su territorio. Desde el oeste se pueden apreciar los picos del Cerro López y desde el este el cordón del cerro Bella Vista.
Luego de una hora estimada de caminata, la perspectiva muestra como los Cohíes, Ñires y Lengas se apoderan de la vegetación, mientras el arroyo sigue mostrando su esplendor con unos piletones cautivantes y rápidos espumantes. Muchos de los árboles caídos por las intensas nevadas de invierno, se usan como puentes. Otros simplemente decoran tan agradable vista.
Es uno de los paseos más bellos de la zona. Por eso, en estos casos, es infaltable una cámara de fotos porque de alguna manera hay que dejar archivada semejante belleza.
Ya más cerca del objetivo, en la cuarta hora de caminata, el valle sigue dando diversos colores a la vegetación hasta llegar a la Piedra Vivac. Es ahí donde el arroyo Navidad vierte sus aguas en el Negro. Y es ahí también un lugar ideal para descansar, comer o dormir, antes de emprender el zigzag final, el más agotador.
“Las piernas ya mostraban síntomas de cansancio. La mente seguía inmune simplemente porque se dejaba llevar por el paisaje. -Todavía queda lo peor - esbozó uno de los acompañantes. - La Laguna está allá atrás, donde empieza la cascada - La fatiga, el calor, y las ganas por llegar hacían el empinado mucho más inclinado. Y el caracol, el bendito caracol, parecía interminable…”
Una fuerte pendiente marca el final hacia el ansiado destino, una hora y media más. La abundante flora de kilómetros atrás empieza a alejarse y un camino rocoso toma el protagonismo. Se abandona el placentero valle para meterse de lleno en la montaña, se nota rápidamente con el ascenso.
Unos de los hechos más sorprendentes de este largo recorrido, es que nunca sabe cuán cerca se está. No divisa nunca la Laguna hasta el momento que se queda cara a cara con ella. Rodeada de un nudo de montañas rocosas y nevadas, la Negra queda justo en el centro, como sumergida en un cráter. Y en uno de los tantos peñascos junto al agua se visualiza el refugio, debajo de un soberbio Cerro Negro.
Es una vista imponente…
“Al salir a la noche, abrigados hasta el cuello, fuimos testigos de un espectáculo que otra vez nos volvía a dar la naturaleza. La luna se hacía esperar pero como ansiosas por su salida, centenares de estrellas envolvían la laguna. Así estuvimos, tirados entre las rocas mirando al cielo por varios minutos. Cada uno con su soledad, quedamos insignificantes ante tanta belleza”.
El refugio lleva el nombre de Manfredo Segre y tiene capacidad para 60 personas. Permanece abierto durante la temporada de verano y cuenta con servicio de pernocte, comidas, baños, cocina y quiosco. Lo más importante es que está ubicado en un punto estratégico ideal para realizar otros recorridos como al Cerro Negro, Bailey Willis y Manolo. O travesías hacia los Refugios López, San Martín y Pampa Linda. Lo construyó Manolo Puente, cumpliendo el deseo del que lleva su nombre. Fue inaugurado en la temporada 1969/70.
La Laguna Negra, además de ser uno de los llamativos visuales más destacados de Bariloche, es, como mencionamos al principio, una buena experiencia para aquellos que se aventuran en la búsqueda de nuevas sensaciones. Compartir una noche a miles de metros de altitud, conocer gente de diferentes nacionalidades o simplemente empezar a conocer los secretos de la montaña. De eso se trata. Créame, es un descubrimiento altamente recomendable.
“Ya felices, con la boca fresca y el cuerpo más descansado. Allí estábamos, parados cara a cara otra vez, a modo de despedida. Las montañas, la nieve, y el sol del amanecer se reflejaban en la fría y oscura agua congelada. La naturaleza volvía a sorprendernos. Era hora de bajar. Era el principio de otro largo viaje...”

Autor:
Nicolás Bietti

Fotos:
Nicolás Bietti